En Ámsterdam...
“En Ámsterdam”
Dames en heren het volgende station is Amsterdam Centraal —se anuncia la llegada esperada— y los turistas excitados se alistan para sumergirse en la ciudad. La gran mayoría de primerizos vienen a comerse el mundo y a desatarse por completo: perversión y placer es lo que buscan. Lo que ignoran es que se van a encontrar frente a una marea de bicicletas suicidas y más turistas ingenuos que vinieron a lo mismo: putas y yerba. De entre esa cuadrilla de gentes destaca la figura de un joven bonachón: Andrés Sánchez. Quiteño y como la mayoría de buenos quiteños tenía que ser abogado o economista. Pero como los abogados andan hacinados, se hizo economista sin saber que de esos abundan en la capital. Por su graduación papá y mamá le habían pagado el Eurotrip: “Que se culturice el joven, que vea el mundo” —le habían recomendado a mamá—. Y como se consideraban una familia tradicional pero de avanzada no podían quedarse atrás en la novelería: “Mandémosle nomás al guagua” —acordaron los mayores—.
Después de los papeleos necesarios para tercermundistas —seguros, visas, fotos, certificados— Andrés se embarcó por primera vez en un avión para el viaje de su vida. “Salió largo el viajecito” —se quejó en medio vuelo—.
Ya en el aeropuerto donde pareciere que hubiere una marejada de gentes de todas las partes del mundo se prestó a pasar por los controles respectivos.
—¿A dónde? —en Español le inquirió el oficial de migración.
Acá hasta los burócratas se defienden en dos o más lenguas: ¡primer mundo!
—A Ámsterdam —respondió nerviosamente.
—¿Motivo?
—Viaje de placer —se le quitó los nervios para responder con orgullo.
—¿Te piensas quedar?, ¿Cuánto equipaje traes?
—No, chulla maleta y mi mochila nomás.
—¿Cómo dice?
Por más culto que el burócrata sea tampoco tiene que saber español ecuatoriano.
¡Habrase visto!
—¡Qué solamente tengo una maleta!
—Muy bien —reviso todos los documentos y se satisfizo.
—Bienvenido al Reino de los Países Bajos.
¡Pan pan! —se escuchó—, sellado el pasaporte y adentro.
Luego de haberse perdido en el aeropuerto y hasta entender que no se puede pagar con sueltos el pasaje de bus y menos el de tren, Andrés llegó a Amsterdam Centraal. Quería pedir información para llegar a su hostal pero la caseta de información, así como los demás puntos de atención, estaba abarrotada por hijos del imperio o del Tío Sam —como también les conocen—. Allá parece que a la juventud no le dejan tomar ni fumar porque cuando llegan a la ciudad más liberal del mundo se toman hasta el agua de los canales o lo que los locales llaman: “slootwater”.
Sin ahuevarse se aventuró en la ciudad y se dirigió al hostal, la referencia era que el hostal estaba a un costado de un tal “El Argento”, uno de esos tantos restaurantes argentinos que hay en la ciudad. Tantos que parece que uno nunca cruzó el charco. Luego de perderse unas diez veces finalmente llegó al hostal e inmediatamente fue dirigido a su habitación. Gran sorpresa se llevó cuando vio que su habitación en realidad era la habitación de otros seis incautos como él. La habitación compartida —ahora por fin se daría cuenta— no había sido la ganga que pensó. ¿Y qué más iba a esperar por 10 euros la noche? Dejó su maleta en el casillero de seguridad asignado —porque inclusive en el primer mundo nunca se sabe— y salió a devorarse la ciudad o a que esta se lo devorase a él. Cualquiera de las dos era una opción válida.
Ni bien se aventuró a dar un paso en la calle escuchó una voz femenina que le decía: ¡godverdomme! Era la palabra de bienvenida que los Amsterdamers usan con los turistas que se cruzan en los caminos de las bicicletas —sí, allá hay calles para las bicicletas—. Recogió —al mismo tiempo que su dignidad— las cosas que se le habían caído y continuó. La curiosidad de recién llegado le hicieron ir primero al “barrio rojo”. Sus amigos le habían encomendado encarecidamente que "se dé una vueltita por ahí y dé tomando unas fotitos a las mujeres de la vitrina". Como buen amigo —morboso que era— no se haría de rogar. Alzó la miraba para ubicarse y se encontró con la iglesia de San Nicolás, paradójicamente este era el lugar que buscaba para iniciar su recorrido: ¡Allí, al pie de la iglesia, empezaba el barrio rojo! —¡Tolerancia!—. Descendió por las calles y pasajes del barrio, exploro los cuerpos exóticos de las profesionales del sexo, y todas ellas le mostraban una atención e interés para él nuevos. En su ciudad natal había frecuentado lugares de tolerancia pero las profesionales no estaban en vitrinas y no eran tan candorosas sino que más bien se caracterizaban por su frialdad y poco interés. Le molestaba que siempre tenía que tomarse media botella de whiskey barato —y con ella gran parte de su salario— para poder conversar con la mujer elegida. Acá, en la gran Ámsterdam, las profesionales son de otro proceder. Sonríen e inclusive dejan que el potencial cliente regatee la tarifa, cosa impensable allá en la tierrita —pensó—. Torpemente excitado circuló una y otra vez por ese lugar de pasiones. De repente recordó la misión que le habían encargado sus santos amigos y sacó de su mochila su cámara de fotos nuevecita. Tan nueva que aún ni la había empezado a pagar. ¡Ya saben, el típico mes de gracia! Y deporte capitalino: endeudarse más de lo debido.
En el camino, Andrés se encontró con un monumento muy particular: la llamada Belle. Una estatua de bronce de una prostituta que, bajo el marco de un portón, se encontraba con los pechos descubiertos y con la mirada desafiante. Allí permanecería tomando unas cuantas fotos, explorando sus misterios. Cerca de Belle descubrió la existencia de un edificio con una especie de pasaje interno lleno de mujeres en vitrinas que estaban alumbradas por luces negras. Con la mano temblorosa por el nerviosismo se atrevió a tomar unas cuantas fotos, a medida que examinaba sus cuerpos, se dio cuenta que las mujeres empezaban a esconderse. Quiso retratar sus rostros, pero principalmente deseaba perennizar sus figuras. Esas figuras que son recelosas y exuberantes, delicadas y pervertidas; todo a la vez, pero que se entregan solamente al mejor pagador. En una fracción de segundo su visión se nubló, un estremecimiento le bajo por toda la espalda hasta que las piernas no le respondieron más y cayó; había sido golpeado. Uno de los hombres encargados de la seguridad de esas mujeres lo había atacado por la espalda. El inexperto turista había ignorado la explícita prohibición de tomar fotos en el barrio rojo. La cámara al igual que su delgado cuerpo quedaron hecho añicos por el suelo. Mientras se levantaba le volverían a golpear. Pisotearon su cámara, le levantaron y le volvieron a arrojar al suelo. Un puntapié en la boca del estomago le haría perder parcialmente el conocimiento. ¡Primer día y había sido bautizado! Milagrosamente una de las mujeres de vitrina había presenciado la paliza y fue en rescate del turista. Le levantó y le llevó dentro de los misterios de su vitrina, cerró las cortinas como si un nuevo cliente le estaría gozando a ella y a sus servicios. Andrés estaba sumamente avergonzado y triste por su cámara, pero más que nada por el papelón que había hecho. Necesitaba que le acicalen.
—Toma mi chico, bebe un poco de agua —la dulce voz de la mujer le diría.
—Gracias —respondió con los ojos esquivos.
—¿Es la primera vez que vienes a Ámsterdam, verdad?
—Sí, acabo de llegar hace unas horas.
La mujer de la vitrina, en su profesionalismo pero también con calidez, le miró a los ojos y luego le sonrió. Andrés, en cambió, le clavó la mirada a sus voluptuosos pechos y a su sexo; que estaban parcialmente descubiertos. A él le había fascinado el tatuaje en forma de mariposa que ella tenía en una de las caderas. Ella, al percatarse de la creciente lujuria, se sonrojó y se cerraría esa bata negra de ceda con encajes florales. A pesar de ser una mujer experimentada en su oficio y por sus años —cuarentona era—, ella confirmaría que las profesionales del sexo no dejan de ser seres humanos sensibles y tímidos, perceptivos a su ambiente, conscientes de su entorno. ¡Frágiles!
—Bueno, al parecer ya te has recuperado —dijo un tanto indignada.
—Sí, me siento mucho mejor, muchas gracias por el agua.
—¿Cómo te llamas chico? —curiosamente preguntó.
—Me llamo Andrés…
En los lugares de tolerancia que había frecuentado en la capital jamás le habían preguntado el nombre. Solamente indagaban si ya se había satisfecho, si pagaría en efectivo o tarjeta, o si quería la factura con RUC o consumidor final. "Pendejadas de la tierrita" —pensó—.
—¡Hmm! me gusta tu nombre, ¿de dónde vienes?
—Vengo de Quito. ¡Es el centro del mundo!, ¿conoces?
—No, lamentablemente no. Eres el primer Andrés del centro del mundo que conozco.
Ambos soltaron una carcajada.
—Y tú… ¿Cómo te llamas?
—Puedes llamarme Oksana.
—¡Qué lindo nombre! —aunque no sabía como pronunciarlo—, ¿cómo puedo agradecerte?
—Pues muy fácil chico, ya que estamos aquí… no sé… podemos relajarnos ¿Te apetece…?
Andrés repetiría una y mil veces ese extraño nombre, no quería olvidarlo nunca. Había sido toda una experiencia el haber sido golpeado y ahora estar en esa habitación con una mujer tan atractiva.
Luego de vestirse pagó los servicios recibidos y se alistaría para salir; aún estaba adolorido.
—Gracias chico —le besó en la quijada—, ahora debo continuar…. No te metas más en problemas ¿ok?
—Está bien no lo volveré hacer, ¿te puedo volver a ver? —preguntó.
—Claro chico, pasa cuando quieras.
Oksana abrió las cortinas de la vitrina y la luz entró como anunciando la salida del joven. Andrés salió con vergüenza; aturdido pero feliz.
Se había enamorado, quería verla otra vez… ¡pendejo!
Andrés y Oksana se verían muchas más veces. Él había hecho de Ámsterdam su centro de operaciones, después de cada viaje regresaría en busca de Oksana. No queda claro si en cada uno de sus encuentros él pagaría por el tiempo con ella, pero no había duda de que algo más allá de lo profesional pasaba. Las visitas no se limitarían a las cuatro paredes de la oficina de Oksana, Andrés ya había tenido el honor de pasar varias noches en su departamento, y ella, a su vez, ya le había acompañado a un par de viajes a Bélgica y Francia. Intimarían a un nivel muy profundo, se confesarían sus pasiones, temores y esperanzas. Todo sin la vergüenza de sus pasados...
Ella le mostraría lo más profundo de su ser, que si bien compartía su cama por dinero, no dejaba de ser una mujer con ambiciones y expectativas de mejores días. Una mujer frágil y llena de sueños.
Un día, ya faltando poco tiempo para regresar a Quito, Oksana ya sintiendo tristeza le propuso que se tomen toda la siguiente semana para pasar juntos. Así lo hicieron e irían al cine, a librerías, al Rijksmuseum, a Delft, a la playa en Scheveningen; en fin, a un sinnúmero de lugares que dejarían recuerdos muy marcados en la memoria del inexperto turista. Para Andrés, si bien todo era muy mágico, le parecía extraña la repentina propuesta. Nunca antes Oksana le había dedicado tanto tiempo y mucho menos ausentándose de su vitrina, su puesto de trabajo.
Luego de un par de días de tan especial semana, Andrés iría por Oksana. Quería verla ya que estaba inquieto de no haber escuchado nada de ella desde que se despidieron el pasado domingo. Cuando llegó a su vitrina se sorprendió que un cartel decía “Te huur” —se renta— y que la habitación estaba completamente desalojada. Trató de indagar sobre su paradero pero las demás mujeres y el hombre de seguridad — el que le había golpeado semanas atrás— le dijeron que hace una semana se llevaron sus cosas. Su espíritu se desvaneció con la noticia y en pánico fue a buscarla a su departamento. Cuando tocó la puerta esta se encontraba medio abierta y adentro no había ni rastros de que alguien hubiese vivido allí. Entró al dormitorio —allí donde varias noches le haría el amor— y en el armario se encontró una caja; una pequeña nota le decía “lo siento chico”. Dentro de la caja había una sorpresa: una nueva cámara de fotos. Al parecer era un gesto de despedida.
Andrés no entendía nada, por alguna razón Oksana había querido salir de su vida…
En el aeropuerto, ya esperando abordar el avión, él tenía la esperanza de que Oksana reaparecería mágicamente en la sala de espera, que le explicaría la situación y los motivos de su desaparición. Él nada más podía hacer, la había buscado por toda la ciudad, en cada uno de los lugares frecuentados pero no pudo encontrarla. No sabía su apellido ni si tenía algún tipo de familia o amigos, ni siquiera sabía de qué país ella provenía, así que nada se podía hacer. Resignado abordó el avión y con los ojos humedecidos regresó a Quito. El Eurotrip había finalizado. Y si bien había finalizado su historia con Oksana, esta le había enseñado una lección de vida invaluable: había aprendido a amar. Ahora tendría que aprender a olvidar.
En los siguientes años, Andrés regreso varias veces a Europa pero siempre quiso evitar ir a Ámsterdam. Diez años después, cuando estaba viajando con su esposa finalmente había accedido a visitar la mítica ciudad. Todavía las bicicletas y los turistas intoxicados serían las cosas que más le disgustarían de la ciudad. A pedido de su esposa caminaron por el barrio rojo, él no estaba cómodo con la idea, y mientras los recuerdos le invadían la mente y el corazón, se percató de que el monumento a Belle seguía en pie, esto le sacó una gran sonrisa y le dolió la cabeza también: recordó la golpiza recibida. Mientras se había distraído de la ubicación de su esposa notó que en una de las vitrinas había una mujer madura y que seguramente habría sido muy atractiva en mejores épocas. La curiosidad le acercó a ella y para su sorpresa identificó el tatuaje de mariposa que tanto le había fascinado en el pasado. Ahora estaba descolorido y sobre una piel algo descuidada pero todavía guardaba su encanto. De pronto reconoció que era ella. Oksana estaba allí, los años habían pasado duramente para ambos. Ella seguía ejerciendo el oficio milenario. Él se acercó y la miró detenidamente como examinándole, llamó a su puerta —lo hizo sin pensar— y ella salió.
—Hola chico —con su característico encanto le trató de seducir.
—Hola —respondió él ya conmovido, creyendo que le reconoció.
—¿De dónde vienes chico? —rutinariamente preguntó.
Luego de una larga pausa, él no respondería, se acababa de dar cuenta que ella no le había reconocido, y que esa era la forma en que ella acostumbraba dirigirse a todos sus potenciales clientes.
Se alejó sin decir nada y a ella no le importó. Oksana giró su cabeza a otro posible cliente que le miraba y repitió su frase acostumbrada: “Hola chico”.
Andrés finalmente decidió dejar de amarla.
Ella ya lo había olvidado...
Nunca más se volverían a ver.
Ella ya lo había olvidado...
Nunca más se volverían a ver.
***




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